3 de agosto de 2008

Cuentos, Ernest Hemingway

Así que ya ha acabado todo, se dijo él. Y ahora nunca tendría ocasión de acabarlo él mismo. Así era como acababa todo, riñendo por una copa. Desde que la gangrena se le instalara en la pierna derecha había dejado de sentir dolor, y con el dolor había desaparecido el horror, y todo lo que sentía ahora era un gran cansancio y una inmensa cólera de que aquello fuera el final. Por aquel final, ahora inminente, sentía muy poca curiosidad. Durante años le había obsesionado; pero ahora, en sí mismo, no significaba nada. Era curioso lo fácil que resultaba afrontarlo si se estaba lo bastante cansado.

Ahora ya nunca escribiría todo lo que no había escrito porque pensaba que no sabía lo suficiente para escribirlo bien. Bueno, ahora tampoco tendría que fracasar en su intento de escribirlo. A lo mejor es que nunca podrías escribirlo, y por eso demorabas y aplazabas el comienzo. Bueno, ahora ya nunca lo sabría.

Ernest Hemingway, “Cuentos”, “Las nieves del Kilimanjaro”, 1939

24 de junio de 2008

Europa y la migración

Además de convertir a los emigrantes en delincuentes, como acaba de disponer la Unión Europea, y condenar a la cárcel las legítimas aspiraciones de los seres humanos de mudar el hambre de esperanza, hay algo que puede hacer Europa para evitar el bochorno de que alguien vaya a recordarle su historia, alguien que, obviamente, aún ignore que la desvergüenza nunca se sonroja.
(...)
Lo único que el primer mundo puede hacer por el tercero es seguir extendiendo los muros que ha creado, para que cada día sean más los kilómetros de muro que nos separen y mayor su altura. Y agregar más barreras, más alambradas, más vigilantes y candados, hasta separar aún más a América de Estados Unidos, y poner un desierto de distancia entre el sur de Europa y Africa., hasta que no quede en el muro un hueco, un simple resquicio, una sola ranura por la que se pueda cruzar al otro lado, ni el campesino latinoamericano ni el latifundista español, ni el cirujano etiope ni el hospital estadounidense, ni el jornalero senegalés ni la multinacional suiza.

Para que así, lejos de nuestro expoliador ejemplo, ese tercer mundo crezca y se desarrolle como buenamente pueda, con sus propios recursos y sus propios bienes y sus propios microbios, consciente de que, en el peor de los casos, por muy mal que le vaya, siempre estará a tiempo de reeditar nuestra ruina moral y económica.

Koldo Campos, Rebelión

6 de mayo de 2008

El jugador (Fiódor Dostoyevski)

Ya hace un año y ocho meses que no he echado un vistazo a estas notas, y sólo ahora, desalentado y melancólico, con la intención de distraerme, las he vuelto a leer por casualidad. Me quedé entonces en el punto en que salía para Homburg. ¡Dios mío! ¡Con qué ligereza de corazón, hablando relativamente, escribí entonces esas últimas frases! ¡Mejor dicho, no con qué ligereza, sino con qué presunción, con qué firmes esperanzas! ¿Tenía acaso alguna duda de mí mismo? ¡Y he aquí que ha pasado algo más de año y medio y, a mi modo de ver, estoy mucho peor que un mendigo! ¿Qué digo mendigo? ¡Nada de eso! Sencillamente estoy perdido. Pero no hay nada con qué compararlo y no tengo por qué darme a mí mismo lecciones de moral. Nada sería más estúpido que moralizar ahora. ¡Oh, hombres satisfechos de sí mismos! ¡Con qué orgullosa jactancia se disponen esos charlatanes a recitar sus propias máximas! Si supieran cómo yo mismo comprendo lo abominable de mi situación actual, no se atreverían a darme lecciones. Porque vamos a ver, ¿qué pueden decirme que yo no sepa? ¿Y acaso se trata de eso? De lo que se trata es de que basta un giro de la rueda para que todo cambie, y de que estos moralistas –estoy seguro de ello- serán entonces los primeros en venir a felicitarme con chanzas amistosas. Y no me volverán la espalda, como lo hacen ahora. ¡Que se vayan a freír espárragos! ¿Qué soy yo ahora? Un cero a la izquierda. ¿Qué puedo ser mañana? Mañana puedo resucitar de entre los muertos y empezar a vivir de nuevo. Aún puedo, mientras viva, rescatar al hombre que va dentro de mí.

Fiódor Dostoyevski, “El jugador”, 1866

26 de abril de 2008

Memoria de jóvenes airados (Loquillo)

nosotros, que somos los de entonces,
los que no tenemos donde, los que siempre hablamos solos.
nosotros, que no formamos parte,
decidimos seguir al margen, viviendo en el alambre.
memoria, de jóvenes airados,
vive al norte del futuro y al sur de la esperanza.
cautivos, en reinos conquistados,
donde habitan los silencios, donde ya no queda nada.
memoria
de jóvenes airados.
nosotros, que estamos siempre alerta,
marcamos la diferencia, sin haceros reverencias.
vivimos, caminamos sin aliados,
amamos como soñamos, soñamos siempre armados.
memoria, de jóvenes airados,
vive al norte del futuro y al sur de la esperanza.
cautivos, en reinos conquistados,
donde habitan los silencios, donde ya no queda nada.
memoria
de jóvenes airados.

Loquillo, "Balmoral", 2008