23 de diciembre de 2007

El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde)

(…)
- ¿Es cierto que ejerce tan mal influencia, lord Herny? – dijo al cabo de unos instantes-. ¿tan mala como afirma Basil?

- La buena influencia no existe, señor Gray. Toda influencia es inmoral, inmoral desde el punto de vista científico.

- ¿Por qué?

- Porque influir en una persona significa entregarle el alma. Ya no piensa con sus propios pensamientos, ni se consume en sus propias pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que existe tal cosa, son algo prestado. Se convierte en el eco de una música ajena, en el actor de un papel que se ha escrito para otro. El fin de de la vida es el desarrollo personal. El perfecto desarrollo de la propia naturaleza: he ahí nuestra razón de ser. Hoy en día, la gente tiene miedo de sí mima. Han olvidado su principal deber, el deber que uno tiene consigo mismo. Naturalmente, son caritativos. Dan de comer al hambriento y de vestir al mendigo. Pero privan de alimento a su propia alma y están desnudos. El valor ha abandonado a nuestra raza. Puede que nunca lo hayamos tenido. El terror a la sociedad, que es el fundamento de la moral, el terror a Dios, que constituye el secreto de la religión: esos dos elementos nos rigen. Y sin embargo…

- Gira un poco la cabeza a la derecha, Dorian, sé buen chico –dijo el pintor concentrado en su trabajo y consciente sólo de que una expresión antes inexistente había surgido en el rostro de joven.

- Y sin embargo –siguió lord Henry con su voz pausada y musical, y con esa graciosa inflexión de la mano que siempre le había caracterizado y que ya tenía en la época de Eton-, yo creo que si un hombre viviese su vida con plenitud, integralmente, si diese forma a todos sus sentimientos y expresión a todos sus pensamientos, si hiciese realidad su sueños, creo que el mundo recibiría tal estímulo de renovada alegría que olvidaríamos todos los males del medievalismo para volver al ideal helénico, o a algo quizá más bello, más rico que el ideal helénico. Pero hasta el más valiente de entre nosotros se teme a sí mismo. La mutilación del salvaje tiene su trágica supervivencia en la autonegación que infecta nuestras vidas. Recibimos un castigo por nuestro rechazo. Cada impulso que luchamos por aniquilar, obsesiona nuestra mente envenenándola. El cuerpo peca una vez y así acaba con su pecado, ya que la acción es una forma de purificación. Nada queda después sino el recuerdo de lo placentero o la voluptuosidad del arrepentimiento. La única forma de librase de una tentación es ceder ante ella. De resistirse, el alma enfermará anhelando aquellas cosas que se ha prohibido, deseando lo que sus monstruosas leyes han convertido en terrible e ilícito. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo tienen lugar en la mente. Y es también en la mente, sólo en la mente, donde se cometen los grandes pecados. Usted mismo, señor Gray, con su floreciente juventud y su pálida adolescencia, usted mismo ha tenido pasiones que lo han atemorizado, pensamientos que lo han llenado de horror, sueños dormido y sueños despierto cuyo solo recuerdo podría cubrir de rubor sus mejillas.

- ¡Calle! –dijo Dorian Gray con voz desmayada-. ¡Calle usted! Me aturde. No sé qué decir. Presiento una respuesta, pero no puedo encontrarla. No hable. Déjeme pensar. O, más bien, permítame que intente no pensar.

Permaneció así casi diez minutos, inmóvil, con los labios entreabiertos y un raro brillo en los ojos. Era vagamente consciente de que nuevas influencias estaban actuando en su interior. Sin embargo, sentía que era de sí mismo de quien provenían. Las pocas palabras que había pronunciado el amigo de Basil –sin lugar a dudas palabras dichas por casualidad, y que encerraban una paradoja deliberada- habían tocado una cuerda secreta que nunca antes se había pulsado, pero que ahora sentía vibrar y palpitar con extrañas emociones.

(…)

Lord Henry lo observaba con su sutil sonrisa. Conocía el preciso momento en que debía callar. Se sentía profundamente interesado. Le asombraba la súbita impresión que sus palabras habrían producido y, recordando un libro que leyó a los dieciséis años, un libro que le había revelado muchas cosas que antes no sabía, se preguntó si Dorian Gray estaría pasando por una experiencia similar. Él sólo había lanzado una flecha al aire. ¿Había dado en el blanco? ¡Qué fascinante era aquel muchacho!

(…)


El retrato de Dorian Gray”, Oscar Wilde, 1890

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